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4 artículos sobre Patarroyo: 1. Manuel Elkin Patarroyo -1947 -Cada año mueren de malaria más de un millón y medio de personas, la mayor parte de ellos son niños. Es una enfermedad del tercer mundo. Apenas hay casos de malaria en Europa o Norteamérica, pero en Sudamérica, África y Asia mas de cien millones de personas contraen cada año la enfermedad. Pocos laboratorios del primer mundo han mostrado interés en esta enfermedad. Los pocos intentos de desarrollar una vacuna por las técnicas tradicionales no dieron resultado. En lugar de desarrollar una vacuna se trabajó en perfeccionar los tratamientos sobre la enfermedad ya contraída. Mediante quinina y cloroquina se consiguen curar algunas clases de malaria, pero en los últimos años han aparecido nuevas cepas resistentes de falciparum, uno de los protozoos del género de los plasmodium que causan la enfermedad. La malaria es una enfermedad poco rentable, que tiene lugar en paises que apenas pueden pagar los medicamentos. El colombiano Manuel Elkin Patarroyo en un científico del tercer mundo en la comunidad científica del primer mundo. Estudió medicina en la Universidad Nacional de Bogotá, se especializó en virología en la Universidad de Yale y trabajó en inmunología en la Universidad Rockefeller. Al regresar a Colombia comenzó a trabajar en una vacuna contra la malaria. Actualmente dirige el Instituto de Inmunología de Bogotá. La gran aportación de Patarroyo al mundo de la ciencia es su forma de crear una nueva vacuna. Todas las vacunas anteriores se cultivaban en seres vivos a los que se inoculan microorganismos muertos o muy debilitados. Este método de obtener vacunas es muy costoso, de tal forma que resulta prohibitivo para paises del tercer mundo si es necesario producir un número muy elevado de vacunas. La vacuna desarrollada por Patarrollo es totalmente sintética. La vacuna fue bautizada como SPf66. Es un combinado de péptidos idénticos los utilizados por el plasmodium falciparum, el más mortal de los que causan malaria. Las pruebas en America Latina muestran que la vacuna es eficaz para un 40% de los pacientes, subiendo hasta un 70% de eficacia si el paciente es menor de cinco años.En Gambia y Filipinas los resultados han sido peores, por lo que se continúan investigando nuevas modificaciones de SPf66 para que pueda hacer frente a un mayor número de variedades de malaria. La segunda gran aportación de Patarroyo al mundo fue la entrega de la patente de su vacuna sintética a la Organización Mundial de la Salud, para que su producción masiva no estuviese penalizada por la existencia de patentes que encariciesen el medicamento. Patarroyo rechazó ofertas multimillonarias de los mayores laboratorios farmacéuticos del mundo. Al entregar la vacuna a la OMS el número de enemigos de Patarroyo en la comunidad científica del primer mundo aumentó de forma considerable, especialmente en las grandes compañias farmacéuticas. Ninguno de los grandes laboratorios estuvo dispuesto, en principio, a fabricar la vacuna de forma masiva. La colaboración entre el Instituto de Inmunología de Bogotá y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España permitió la puesta en producción de la vacuna. Actualmente Manuel Elkin Patarroyo continúa trabajando en el perfeccionamiento de la vacuna. Es muy posible que si Patarroyo hubiera nacido en Estados Unidos, Alemania o Japón, sus esfuerzos se hubieran visto recompensados hace años con la entrega de un premio Nobel; su vacuna sería fabricada en exclusiva por un prestigioso laboratorio y miles de turistas la utilizarían para viajar más seguros en sus vacaciones; mientras, en los paises menos favorecidos, la malaria seguiría matando a millones de personas que no pueden acceder a los caros medicamentos de los ricos. (C) Fernando L.Velázquez 2. Llama que apaga la fiebrePor: JUAN CARRANZA El médico colombiano amplía a África sus experimentos con las vacunas sintéticas y contra la malaria.. Un día su padre lo llevó a la escuela de Ataco. No hubo lágrimas, solamente recuerda que ahí, por primera vez, sintió una incontenible alegría porque comenzaba el largo camino de entender el mundo. El bachillerato fue en Girardot, a orillas del Magdalena. Cuando estaba próximo a culminar la secundaria, ya sabía que ese mundo lleno de incógnitas, solamente podría dominarlo si lo recorría montado en el imprevisible caballo de la investigación. Por ello decidió estudiar Medicina, que le ofrecía las mejores oportunidades para dedicarse a la que sería la gran pasión de su vida.Cuando a mediados de los 60 llegó el momento de iniciar la carrera, un buen día papá Manuel lo fue a despedir al bus. Partió armado con unos cuantos pesos, una bolsa de bizcochos de achira, huevos, chocolate y esa pasión llameante por la investigación. Para regocijo y bienestar del flaco y estudiante, la sana costumbre de los huevos, el chocolate y las achiras se repitió religiosamente durante toda su vida universitaria. Era la época de Camilo Torres y Jaime Arenas; la huelga de las treinta cuatro universidades que paralizaron a Colombia durante treinta días; de sus compañeros que desertaron para irse a la guerrilla; el 68 en Francia; la ilusión de la revolución cubana. Pero nada de esto deslumbró a Manuel, quien desde siempre ha entendido que la violencia es el carrusel de otra violencia más violenta. Y así vemos al muchacho de provincia irrumpiendo en una Bogotá lloviznada y gris, que iniciaba la transición de pueblo grande a ciudad, un frío húmedo que calaba hasta los huesos, donde se mezclaba la ruana con los abrigos; la chicha con el whisky y el tejo con el ajedrez, y, sobre todo era una ciudad todavía a la medida del hombre, grata para sus habitantes.Comenzó su vida universitaria alquilando una pequeña habitación cercana al centro de estudios, donde escasamente cabían una cama, una mesa y la biblioteca. Años más tarde debió compartirla con su hermano Hugo, y cada vez que era necesario abrir la puerta debía correrse el escritorio. Huella de colmillosCuando inició segundo año, las clases eran en la Facultad y las prácticas en San Juan de Dios, a treinta cuadras de la Nacional. Con frecuencia, y ya al anochecer, el futuro médico salía del hospital para dirigirse a la Universidad y sumergirse en microscopios, tubos de ensayo, pipetas, azul de metileno, violeta de genciana y demás aparatos y menjurjes de los investigadores. El camino más directo no era por la portería sino saltando una pequeña tapia. Una noche, Manuel cogió su camino habitual, y cuando le faltaban unos cien metros para llegar, vio con horror que era perseguido por una pareja de feroces perros, que alcanzaron a morderlo en ese lugar donde la espalda pierde su honroso nombre. Años después, el profesor recuerda que entre sus momentos inolvidables, además de los 21 títulos Honoris Causa, se encuentra la condecoración de los colmillos. Sus profesores Fernando Chalem y Bernardo Reyes lo apoyaron en sus locuras. Estos maestros fueron definitivos, dado que gracias a su recomendación, los gringos de la Rockefeller lo invitaron en dos oportunidades para que continuara sus investigaciones en Yale y Rockefeller. Al finalizar estas experiencias, regresó para comenzar las investigaciones que llevaron a la revista norteamericana Parasitology Today a clasificar como uno de los 100 acontecimientos más importantes de la parasitología, desde 1500 A. C hasta nuestros días, que " Patarroyo reporta en 1993 que en América del Sur se han realizado por primera vez ensayos exitosos a gran escala para la vacuna de la malaria". Corría 1972 y lo único que tenía a su favor era esa indeclinable convicción del éxito, que nació cuando su padre lo llevó por primera vez a la escuela.Un día de 1978, el director del hospital Luis Santamaría invitó al joven profesor a recorrer los terrenos aledaños al hospital San Juan de Dios, cuando en medio de la maleza tropezaron con unos hermosos edificios de estilo republicano derruidos por la hojarasca. Lo único que se conservaba intacto era una placa que recordaba la fecha de inauguración: 1926. Inmediatamente la llama comenzó a arder, y nuevamente, solo con eso, le pidió audiencia al Presidente Julio César Turbay quién creyó en él, ordenando una partida equivalente a $US 1.500.000. Hoy, el Instituto de Inmunología de la Universidad Nacional ha recuperado para el patrimonio arquitectónico del país cuatro de estos edificios, y próximamente irá tras de la capilla. En 1982, el Presidente Betancur autorizó la adquisición de una excelente dotación en laboratorio y hoy el Instituto dispone de los aparatos más avanzados. Pero nada ha sido fácil. Entre 1972 y 1986, transcurrieron catorce años arrastrados por la incertidumbre, porque la investigación es como la ruleta, todo o nada; la fama o el olvido; la admiración o el desprecio... No creo que exista una actividad más cruel, dado que no admite términos medios ni honrosos segundos puestos. Fueron los años del loquito que todo lo quiere cambiar, soñador de utopías en un país subdesarrollado. Lo salvó la llama, esa llama que como la de Abraham ardió sin consumirse y, sobre todo, lo salvó el clan, cuando los padres, su esposa María Cristina, sus tres hijos y los 10 hermanos adoptaron el trabajo del primogénito como un proyecto familiar; todos a una, como en Fuenteovejuna, le dieron el hombro, el bolso y la vida.Simultáneamente con el primer edificio donde se montó el laboratorio, el 3 de enero de 1983, nació el laboratorio de Leticia para desarrollar la investigación con primates no humanos. Así, día tras día, se logró el primer resultado importante en 1986. Mirando hacia atrás, puede decirse que habían terminado las duras y comenzaban las maduras. Los días de incomprensión quedaban atrás, y la llama que arrebataría anualmente del fuego de la malaria a tres millones de humanos continuaba ardiendo sin fin. ¿Es usted feliz? Entonces, surge la pregunta: ¿Y por qué la vacuna de la malaria? Por qué no la del
sida, lo cual lo convertiría en un hombre inmensamente rico. Venciendo la impresión que me producen estas palabras, le pregunto: ¿es
usted un hombre adinerado? Al plantearle el dilema sobre lo que se llevaría a la isla desierta,
sin vacilar responde: Ayuda españolaCon él trabajan 153 personas, 145 en Bogotá y 8 en Leticia. La mayoría jóvenes. Surge una incógnita: innovadores, fundadores o descubridores cometen el grave error de no dejar sucesores. -He tenido el cuidado de crear escuela, formar discípulos, responde. -Además, he tenido la inmensa fortuna de contar con la generosidad de España, que ha atendido mi llamado de asociarse a una campaña para combatir la malaria en África. Ha instaurado - con nuestra orientación - dos Centros de Investigación en Mozambique y Tanzania, donde trabajan 16 compatriotas provenientes del Instituto de Inmunología -.Y continúa con esa convicción y brillo en la mirada que solo tienen los iluminados: - en un poblado de Senegal llamado Nyoro du Rip, hemos trabajado con 120.000 personas; en Buaké de Costa de Marfil 168.000; en Tanzania sobre el valle del Kilombero, en Ifakara 215.000 y en Mozambique - en mayo inauguramos con la reina de España el Centro de Investigación - donde están trabajando 18 profesionales, 42 técnicos y 120 auxiliares de campo, hemos trabajado en la población de Manihiza a 150.000 personas. Ha sido un trabajo dispendioso, muy duro, pero son 653.000 compatriotas de esta aldea global que le estamos arrebatando a la fiebre de la pobreza. Dados los excelentes resultados obtenidos, he convencido a España sobre la necesidad de instalar más Centros en la parte occidental de África, propuesta que se concretará en Costa de Marfil, Burkina Fasso, Senegal y Angola.- Su personaje histórico, el que le hubiera gustado conocer, es Pasteur, "que con osadía, imaginación, generosidad y rigor científico, echó por tierra el dogma de la generación espontánea, y en forma visionaria diseñó con exactitud el concepto de prevenir las enfermedades mediante la vacunación. ¿Es creyente? -Soy creyente, practicante, pero no fanático.- Cuál ha sido - hasta ahora - la experiencia que más lo ha emocionado?
Casi en un susurro le pregunto si algo lo haría renunciar a ser colombiano.
-Me atrevo a hacerle la pregunta que -insistentemente- se hace el común
de los colombianos: sabemos que la vacuna es preventiva, no curativa,
y, el país tiene zonas como la Costa Pacífica en que -ocasionalmente-
se presentan brotes de malaria. 3. MANUEL ELKIN PATARROYO MURILLONació en Ataco, Tolima, el 3 de noviembre de 1946. En 1971 se graduó como médico en la Universidad Nacional; desde 1967 comenzó a trabajar en inmunología y virología como investigador de la Fundación Rockefeller, lo que completó con pasantías en universidades de E.U. y Suecia. Desde 1972 es profesor de la Nacional, donde fundó el Instituto de Inmunología, centro donde ha cumplido una labor investigativa y docente con un grupo interdisciplinario. Las investigaciones más destacadas son: lupus, marcadores genéticos, leucemia, susceptibilidad genética de la fiebre reumática, tuberculosis, lepra, mieloma múltiple y artritis. Ha sido en malaria donde se ha cumplido un avance reconocido a nivel mundial: en 1984 obtuvo la vacuna sintética (Spf 66), que fue donada, en 1993, a la OMS con la condición de que su producción y comercialización fueran hechas en Colombia. Los premios obtenidos por él pasan de cincuenta y las publicaciones, en revistas científicas, colombianas y extranjeras, superan el centenar. 4. La nueva vacuna: Una doble aportaciónLa malaria o paludismo es una enfermedad causada por un protozoo, el denominado Plasmodium, y se caracteriza por la aparición de accesos febriles periódicos, anemia secundaria y esplenomegalia. Es propia de regiones con climas cálidos y húmedos, donde existen condiciones para el desarrollo de los mosquitos transmisores de estos parásitos. Existen cuatro tipos de malaria o Plasmodio, aunque sólo un tipo puede conducir a la muerte, el Plasmodium falciparum. Los otros tres tipos de malaria son el Plasmodium vivax, el Plasmodium malariae y el Plasmodium ovale. Se trata de una enfermedad endémica en un total de 101 países, que corresponden a la mayor parte de las regiones tropicales y subtropicales de Asia, África y América, aunque también existe en algunas zonas templadas. Infecta a unos 500 millones de personas y causa entre 1 y 1,5 millones de víctimas mortales cada año. Estos datos lo convierten en uno de los peores problemas de salud del mundo. En países como España sólo se dan algunos casos aislados de malaria actualmente. Los primeros estudios para desarrollar una vacuna contra la malaria se remontan a los años 40. Aunque en las últimas décadas han sido varios los intentos, el grupo del científico Manuel Patarroyo lograba desarrollar la primera vacuna contra la malaria producida por el Plasmodium falciparum (SPf66). Cuando creó la primera vacuna contra la malaria no dudó en donar la patente de su invento a la Organización Mundial de la Salud, tratando de asegurar su uso en beneficio de la humanidad y no el de las casas farmacéuticas o el suyo propio. Pero su aportación fue doble: su vacuna era la primera vacuna sintética o química, radicalmente distinta de las vacunas biológicas hasta entonces desarrolladas. Mientras éstas se basan en la introducción de microorganismos muertos o atenuados por procesos físicos o químicos, la química no sólo permite definir moléculas a un nivel atómico, manipularlas y producirlas a gran escala de forma idéntica, sino que la producción de vacunas se abarata enormemente. Esto supone un aspecto fundamental para un científico como Patarroyo que mira al mundo que le rodea con una honda preocupación por los países más desfavorecidos. Y es que, sin duda, nacer en un país como Colombia marcaba el destino de este gran hombre. "Yo siempre, desde niño, quise hacer vacunas, porque soñaba con ser útil a la humanidad". Un sentimiento de solidaridad profundamente arraigado en él e inculcado por sus padres. Aunque el éxito de la vacuna desarrollada por el médico colombiano fue parcial en sus comienzos, con sólo un 40% de efectividad, la investigación ha continuado hasta hoy. Actualmente el equipo de Patarroyo ha desarrollado una nueva vacuna sintética con la que se espera alcanzar, para el año 2001, una efectividad del cien por cien. Hasta ahora se ha experimentado en monos con un sistema inmunológico similar al de los humanos. Si tiene el éxito esperado, será producida en Colombia y distribuida en todo el mundo Un modo de entender la cienciaPatarroyo no es un científico cualquiera. Pese a las desconfianzas de muchos sobre el éxito de sus investigaciones, el desarrollo de una vacuna sintética y, en particular, de la vacuna contra la malaria se puede considerar una revolución en el ámbito de la parasitología y, de forma más general, de la Medicina. Hay quien ya apuesta por él como próximo premio Nobel. Su figura ha dado mucho que hablar y algunos afirman algunos que su singular trayectoria podría servir de modelo a muchos jóvenes de los países subdesarrollados y a otros tantos científicos. Patarroyo puso la ciencia, su ciencia, al servicio del hombre. De un hombre asediado por enfermedades como la malaria, "una enfermedad de la pobreza" como él mismo la define. Sus trabajos salvarán miles de vidas, y su constancia y empeño, su lucidez y brillantez científica, merecen que sea considerado ya uno de los más grandes científicos del siglo XX, y quizás también del siglo XXI |