EL REGISTRO DE LO POETICOpor Raúl NoroEl registro de lo poético es un tema más que interesante y, en verdad, poco investigado aunque los intelectuales, que siempre opinan sobre todo, también opinan y han opinado frecuentemente sobre el asunto de lo poético. ¿Y porque han opinado tanto? porque se sienten, como intelectuales, con derecho y jerarquía como para decir cualquier cosa sobre cualquier tema y en particular sobre los temas de la cultura y de la creación en general. Y esa afición por las opiniones no esta mal: se trata de la tarea de observar y sentenciar sobre la vida desde la terraza de la función intelectual, desde una conciencia informada que se mueve dentro del horizonte de la creación artística. Pero aquí nos estamos moviendo un poco más allá de la fría e inquisitiva terraza del intelecto, estamos mas bien dentro de un espacio de otras características: la descripción de un espacio testimonial. Porque en verdad, y esto vale la pena aclararlo, aquí no vamos a exponer tesis sobre lo poético sino hablar del registro (la vivencia) de lo poético. Y vamos a hablar de ese registro dentro del ámbito específico de lo estético. Es decir, vamos a intentar explicar la configuración de intuiciones, de cómo lo poético se experimenta a través de la sensibilidad en su estrecha relación con la belleza. Se trata por lo tanto de otra historia: de un testimonio descriptivo sobre lo que se manifiesta en lo íntimo de la conciencia más que de una sentencia racional. Por lo tanto y para entrar en tema digamos que el vocablo poético viene del griego poiesis que significa "creación" y por extensión, hablando ya de lo poético encarnado en un hombre, se esta hablando de un poeta, se esta hablando de un "hacedor", o sea de alguien que hace, crea algo. Si trasladamos esta misma idea a un mundo trascendente, cuando algún Dios dijo en su momento: "¡Hágase la luz!" y la luz efectivamente se hizo, se produjo ni más ni menos, un acto poético mayúsculo. Digamos entonces y en primer lugar que lo poético, en cuanto fenómeno, se experimenta como un golpe que sorprende a la sensibilidad. Esa sensibilidad que en lo cotidiano, monitorea el entorno existencial casi mecánicamente, registrando variaciones y tensiones conocidas, de pronto registra un impulso distinto, recibe una señal no-habitual, infrecuente. Y esa señal, si verdaderamente es rara y tiene voltaje, tiende a silenciar por un momento el campo del radar de lo sensible; es decir, tiende a excluir o neutralizar la presentación de las percepciones habituales, trasladando su foco atencional hacia aquello que la provoca. Obliga a la conciencia a poner el nuevo fenómeno en consideración. No sólo eso, sino que como tal fenómeno se presenta único y extraño a lo usual, su registro porta en sí la propiedad de lo imprevisto, de lo impensado, que es una de las características principales del asombro. Pero ¿qué es el asombro? Según la acepción latina, viene del latín "umbra", palabra derivada a su vez de umbría, que originaron las acepciones de "sombra", "sombrío" y también el pictórico "sombrear", además por supuesto de "sombrero" aunque en este caso estamos hablando de una prenda protectora del sol en la cabeza y, por lo tanto, de un objeto útil, elegante y hasta gracioso, como es el caso de la "sombrilla" sostenida por la delicada mano de una fina dama. Pero volviendo a la palabra a-sombrarse se trata, concretamente, de una expresión nacida a fines del siglo XIV que desgina el "espantarse de las caballerías por la aparición de una sombra", similar al francés obragueux, es decir, animal "alborotadizo". A partir de esas acepciones y en este contexto, surgen "asombrar", "asombradizo", "asombramiento", etc., expresiones todas emparentadas con lo sorpresivo (ver "Breve diccionario etimológico de la lengua castellana", de Joan Corominas, Editorial Gredos, Madrid) De tal forma, lo poético se experimenta como lo sorprendente o asombroso. Y desde una cierta perspectiva, el asombro es el resultado más evidente del registro de lo bello-inesperado. Es decir, se trata de un fenómeno que, por su particular calidad de presencia sorprende y paraliza; sorprende y deslumbra a la conciencia al mismo tiempo. Porque existe la sorpresa sin el deslumbramiento y también el deslumbramiento sin sorpresa y sin parálisis. Pero cuando algo sorprende y deslumbra al mismo tiempo -y estamos hablando aquí dentro del terreno de lo estético-, se produce una conmoción; se produce un tembladeral de la sensibilidad, casi un espanto provocado por el goce unitivo de los sentidos y de las emociones. Pero aparte de ello, si esa vivencia fue realmente impactante y bella, pasado el momento de asombro, la misma queda grabada en memoria y quiere repetirse. Quien ha recibido el golpe de lo poético con su consecuente deslumbramiento, quiere que vuelva otra vez, quiere apresar ese registro, amplificarlo sin límites y poblar el espacio interno con sus hermosas resonancias. Como dice Nietzsche en el Zarathustra: "Toda alegría quiere eternidad / quiere la profunda eternidad..." Y aquí estamos hablando de un campo formal que en ocasiones se presenta como sagrado, donde se deposita toda inspiración, toda comunicación, toda señal maravillosa que tiende a elevar al ser humano por encima de sí. Lo poético entonces tiende a poner la conciencia en presencia de otros niveles de percepción y configuración del mundo donde pueden, de pronto, aparecer fenómenos admirables o impensados, portentos luminosos y, por ello mismo, manifestaciones cercanas a los dioses o al mundo de los dioses. Porque ¿qué es lo poético en estado puro sino una flecha lanzada desde el mítico mundo de los dioses? Los dioses, que según dijo alguien, se comunican con los humanos por un impulso estético, porque quieren jugar con ellos. Dicho en otros términos: los dioses juegan a los dados con los hombres y su acción se manifiesta lúdicamente en el espacio de la leyenda. Porque si estamos hablando de arte con mayúsculas, es justamente en el espacio mítico y mágico donde en algún momento todos los pueblos abrevaron buscando la mejor inspiración. Hasta el propio Marx, ateo y racional, tuvo que reconocer que los mitos tienen "un encanto eterno" y que son movilizadores de las masas: ¡menuda consecuencia provoca la secreta magia de lo creativo! Por lo tanto, se trata de significaciones mayores que sin embargo pueden deslizarse, humildemente, dentro de una conversación cotidiana y banal. Recuerdo, por ejemplo, un café con un amigo al cual no había visto en mucho tiempo y con quien me encontré inesperadamente y de paso, en un bar. Después de contarnos mil historias, un poco atropelladamente y de repasar los años que habíamos dejado atrás, fijó su vista en un espacio por encima de mi cabeza, hizo un gesto extraño y dijo con un dejo de nostalgia: "la vida pasa como un manotón". Se levantó, me abrazó y desapareció entre la gente. Poco después supe que murió en un accidente. Es extraño... recuerdo poco y nada lo que dijimos, pero sí tengo grabada esa frase y ese gesto, bellos, que sintetizaban todo un clima y que, si se quiere, fue una cabal profecía. Finalmente digamos que lo poético es también el acto creador de un misterio que encierra un tesoro que nos acecha y convoca impensadamente. Es como una impronta, una huella trascendente que pone a prueba nuestra condición de escucha de aquellas voces secretas y altas que aparecen y desaparecen en algún momento crucial de la vida, un reto del destino que nos impulsa a participar de la total transfiguración del mundo.
|