PERDONEMOS NUESTROS PECADOS

por Mariano Quiroga

Tenemos los minutos contados, o al menos eso creemos, aunque creer en eso no nos convenga, pero quien sabe, tal vez sea cierto y uno sea un incrédulo que intenta borrar ese pesimismo con nuevas creencias, un tanto más esperanzadas, o mejor dicho con descreencias.
¿Qué puede ser mejor que no creer en la muerte?, es una liberación, un cambio de actitud frente a la vida, uno deja de temer el perderlo todo, el perder la vida, ya que es imposible, cambia la mirada de las cosas, nada tiene fin, nada es realmente malo, nada es doloroso, nada puede herirnos, y ni hablar de que algo pudiera matarnos. No sería tan terrible que nos pegaran un tiro, no sería tan duro perder a los seres queridos, en fin, la vida se transformaría de esta chata y opresiva supervivencia a una inagotable fuente de verdades y alegrías.
¿Si no se puede perder la vida, puede ser perder otra cosa motivo de sufrimiento y de dolores de cabeza?, claro que no, lo único que podría ser temible perder sería la salud, ¿Pero y si tampoco creo en las enfermedades?, ahí pongo en apuros a la ciencia, ¿se puede concebir una vida sin enfermedades, sin peligros, sin miedos, sin egoísmos, sin agresividad?, uno no tendría motivos para desearle el mal a nadie, uno no desperdiciaría su alegría avinagrándose estropeándole la existencia a otro ser. No existiría la venganza, ni los oscurantismos, el aborto no sería pecado, las guerras no tendrían sentido, como tampoco trepar hasta la presidencia de alguna company pisoteando cuantas cabezas se crucen por el camino.
Claro que esto lo pienso hoy, después que me quitaran el cargo de gerente de una automotriz por corrupto, y estando postrado en una camilla de este hospital sintiendo como el cáncer me come por dentro y es tanto el pánico que le tengo a mi extinción que insulto a los médicos y enfermeras por incompetentes, por no curarme, cuando en realidad debería culpar tal vez a tantas religiones que me metieron en la cabeza, el castigo, la culpa y ahora ya no puedo sentirme tranquilo, ya que nadie puede asegurarme que mis hijos me quieren, que mi mujer me respeta y que todos los que arruiné a lo largo de mi vida me perdonan.


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