IN CRESCENDOpor Mariano QuirogaEstás conmigo en esta habitación de hotel, la 214. Te desnudas como ya hice yo. Quisieras que no hubiera sido tan brusco, que no hubiera revoleado la ropa a cualquier sitio sacudiendo la lámpara. Te abrazas y te quedas mirando por la ventana, la garúa. Las paredes amarillentas, otoñales no te atraen. Vienes hasta donde estoy y te sientas a mi lado. Mis caricias te gustan, te dan calor, devuelven a tu piel su temperatura natural, menos gallinácea. Me dejas recostarte junto a mí. Me apartas un poco cuando intento besarte el ombligo. Te has transformado en una rosa llena de espinas. Tus pétalos se erizan con mi tacto, con mis besos. Poco a poco te abres. Me crees cuando juro amarte y te aseguro nunca haber sido más fiel. Lloras mientras te rozo, mientras mis manos se abren camino, matando tus pudores. Ríes nerviosa, te has convertida en una hiena. Te pones boca arriba y me dejas besarte la panza, me das permiso para oscular tus rodillas y morder tus lóbulos. Beso tus párpados de conejo y el tacto se torna suave, esponjoso. Me llamas a ti, te desinhibes, me empujas hacia tu cuerpo blanco y terso. Me abrazas. Me dejas penetrarte, me dejas subirme en ti, estar en ti, seguir en ti. Me abalanzas en una loca y desenfrenada carrera, maúllas cuando aprieto tu pecho contra el mío y te muerdo la nuca. La combustión permanece. Remueves el cuello transformada en un cisne que al contacto de mi cuerpo las alas extiende y las plumas se le electrifican. Ondulas con tu cintura una danza ritual, me rodeas, estás en todas partes, subes por mi cuerpo y me entregas tu lengua bípeda. Arrollas mis orejas, vences todos los temores. Luego, con más calma, caigo sobre ti rendido y satisfecho. Tú, que ahora eres leona, me apartas con gruñidos, tarascones y arañazos. Con los ojos cerrados espero a que mi corazón se desacelere y estiro mi mano para tocarte, para decirte con ese roce que sigo ahí, que pese a todo estoy ahí. Te has vuelto fría, no me rehuyes, pero tampoco respondes. En el espejo mi rostro, los arañazos, la sangre que corre hasta mi cuello, detrás tú, nuevamente mujer, otra vez muñeca de goma.
|