CHARLA CON AROMA A PENUMBRA

por Mariano Quiroga

- Menos mal que viniste. Necesitaba hablar con alguien.
- Loco, me llamaste casi llorando, ¿cómo no iba a venir?
- Estoy mal, Pablo, muy mal.
- Contame. Largá todo que te vas a sentir mejor.
- No sé por donde empezar.
- Dicen que por el principio es la forma más fácil.
- No puedo ni reírme. No lo vas a creer, es Eloísa.
- ¿Qué pasa? ¿Le pasó algo?, ¿está mal?
- No, no es eso. Aunque no creo que ande demasiado bien.
- Dale contá, no te quedés embobado mirando como gira el café en la tacita.
- Me parece que no me quiere más.
- ¿Como te parece, Miguel? Pero si Eloísa te adora.
- Me adoraba.
- ¿Qué decís? Si estuvieron juntos en las buenas y en las malas, siempre juntos.
- Sí, pero últimamente la acumulación de malas nos hizo pomada.
- No hablés así, Miguel, por favor.
- Te digo la verdad, negro. Ya ni me acuerdo cuando fue la última vez que nos miramos a los ojos o que nos dijimos "te quiero".
- Pero eso es normal, todas las parejas tienen altibajos.
- No, Pablito, no. Nosotros nunca. Además se olvida de darle de comer al conejo.
- Pero, ¿qué tiene que ver el conejo?
- Loco, ella odia los conejos. Pero a Stanley Kubrick lo aguantaba porque es mío y porque yo lo quiero mucho. Ella lo cuidaba, le limpiaba la jaula, le daba de comer, porque yo casi nunca tenía tiempo. De casting en casting, de ensayo en ensayo. Pero ahora, no lo cuida una mierda. Se me va a morir. Yo llego reventado a la madrugada y apenas si me acuerdo de darle unas hojas de lechuga o alguna zanahoria gomosa. De lavar la jaula ni hablar, ¿cuándo?
- Y por esa pelotudez vos deducís que Eloísa no te quiere más.
- No es eso solo, negro. Si vieras la mirada que tiene, lo opaca que se ve su cabellera azul, el tacto áspero que nos damos. Y eso que me paso el día fuera. Creo que si estuviera con ella todo el día en casa me arrancaría los ojos.
- Por ahí es eso. Tratá de estar más tiempo con ella.
- Claro que eso tiene que ver, negro. Seré boludo, pero no tanto. Yo creo que a ella le molesta tener que estar conmigo en vez de poder estar con otra persona. Eloísa quiere a otro.
- No digas giladas.
- Estoy seguro, Pablo. Yo la conozco, su mirada no me engaña.
- ¿Y a quién se supone que quiere?
- A vos.
-¿Me estás cargando, Miguel?
- No, Pablo. Eloísa te quiere a vos. Por eso te llamé. Porque yo la sigo amando con locura, pero me faltan los huevos (o el tiempo) para ganarme de nuevo su amor. En cambio vos, vos podés hacerla feliz. Sé que ella te quiere y...
- Me quiere como a un amigo de toda la vida de su marido, nada más. Estas viendo demasiadas películas.
- Pablo, mirame a los ojos. Vos sabés que cuando hablo en serio se me nota en los ojos. También sabés todo lo que amo a Eloísa y lo que siento por vos. Sos el hermano que nunca tuve, sos casi como mi imagen en el espejo, esa sombra que siempre estuvo al acecho de mis incertidumbres y temores para darles coscorrones. Váyanse a vivir juntos, sean felices. Y dejá de llorar que hace rato me di cuenta que vos también la amás.

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