NO TIENE LÍMITES
por Mariano Quiroga
Me estoy muriendo. Morir, lo leí, juro que
lo leí, es caerse eternamente de una luciérnaga sosteniendo
una jaula con conejo empujado por las manos de dios. Del dios que todo
lo oye.
De todos modos tengo un cansancio que muerde, gruñe, aúlla
y da, así, la pata. Lo cual volvería ineficaz cualquier
intento de morirme. A mí los trenes me dan miedo.
Mi mirada de paloma enferma, siempre mi mirada y este cansancio trashoso.
Me cansa estar cansado. Quiero decir, no es que me aburra seguir cansado,
es que me cansa. Amortigua todas mis percepciones y me lleva a un estado,
que suelo denominar "coma cerebral", similar al de la lobotomía.
Es como si... Sí, todo me pesa, incluso el aire que desplazo con
el mínimo movimiento. Todo, todo.
Pensé incluso en el suicidio, pero me cansa. Pensar. Suicidarme
ni hablemos...
Recuerdo haber tenido músculos, mejor dicho, ya que los sigo teniendo,
que los tenía tonificados, fuertes, poderosos. Me aguantaban, podía
firmar autógrafos y todo. Hoy creo que los músculos se han
vuelto cantimploras repletas de cansancio. Estoy rodeado de cantimploras
que me dan de beber más y más cansancio.
Me cansa oírme respirar, incluso el respirar. Me cansa la presencia
de mí mismo, me pesa. Hasta la kinestesia y la sinestesia se volvieron
yunques colgando de mis párpados. Y de mis uñas y de los
dientes, de los labios.
El cansancio no tiene filo, ni siquiera contornos. Apenas si es áspero.
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