UNA DECISIÓN INCORRECTA
o "Amor a una posición"

por Mariano Quiroga

"Testarudo como una patada de mula", eso fue lo que pensó después de trenzarse en una amarga discusión con su jefe, que había terminado decidiendo echarle sin aclararle demasiado bien las razones, que no eran demasiado difíciles de imaginar.
Hacía 18 años que trabajaba allí, más que su jefe, claro, que ya era el cuarto que pasaba por ese cargo, claro que éste era el primero en ser nombrado, que pertenecía a la plantilla de la planta, no es que fuera precisamente un currante, pero al menos era gente del pueblo, acomodada sí, fascista si se quiere, pero del pueblo.
Esto la gente del pueblo lo tomaba como un gran hecho, una prueba de importancia, de autosuficiencia, eran pocos los que veían la verdad, que esa planta era pronta a cerrarse y ningún ricachón de la capital quería ir a pudrirse a ese pueblucho olvidado donde los zancudos devoraban hasta a los más fuertes; sin duda Héctor - el cesanteado - pertenecía a ese pequeño grupo de visionarios. Que no estaba compuesto más que por algunos hombres de izquierda y algún que otro anarquista perdido en esos páramos por dónde aún no había llegado el ferrocarril.
Por supuesto que esta gente y sus ideas eran conocidas por todos, inclusive por los niños, ya que su maestro era el mayor detractor de esta gente, ya que al descender directamente de un Virrey de otros tiempos se sentía más digno que los del populacho y sobre todo de aquellos que hablaban de igualdad, de guerra de clases. Claro que si se detuviera a pensar comprendería que él no estaría en ese pueblo perdido y en la miseria, sino hubiera sido hijo de alguna criolla violada o forzada simplemente a estar con el entonces Virrey, aunque en realidad esa era la historia de su abuela, no la de su madre, pero como ésta había muerto apenas él cumplió los cuatro años, en su cabeza era la historia de su madre.
Héctor había cumplido los 50 largos, había sido uno de los que más se resistió a empezar a trabajar en la planta, intentó por todos los medios mantener su negocio, pero se le hizo imposible y finalmente ganó la batalla su mujer, que hacía mucho le insistía en que entrara a trabajar en la planta por los supuestos beneficios que esto traía, que en realidad eran todos inventos que le contaban las esposas de los obreros de la planta, un poco para esconder su pobreza y otro poco para darle envidia a ella, que con sólo dos meses de trabajo de su marido en la planta entendió que todo lo que ella esperaba no eran más que vanas ilusiones.
Todo el pueblo sabía que a un hombre como Héctor no se le debe hacer jugarretas sucias, porque era un hombre de armas tomar, claro que cuando me refiero a todo el pueblo me refiero a la gente que conocía a Héctor y los acomodados del norte del río no eran precisamente los más interesados en relacionarse y en conocer a la gente de la zona baja, a los "negritos" como les llamaban y menos si éstos eran subersivos y pretendían quitarles sus riquezas. Por eso no dudó un instante Prudencio Gaviría de la Font que debía echar a Héctor Ceballos de la planta, por alborotador y porque no le caía bien, era uno de los pocos que no bajaba la mirada ante la suya ni dejaba de mascar chicle en las revisiones; pero sin saber que con esto estaba firmando su sentencia de muerte y no sólo la suya sino la de toda su condición. Hacía varios meses que se estaban preparando para dar el gran golpe revolucionario un grupo numeroso y bastante bien armado, que además no debía temer la participación del ejército para frenar su rebelión ya que su pueblo no se incluía en los mapas; y ésta era la provocación que estaban esperando, por eso Héctor se guardó el placer de abrirle el cuello a su jefe y ponerle la lengua de corbata para la noche, donde luego de tomar el ayuntamiento, harían pasar a unos cuantos por el patíbulo, entre estos se incluía por supuesto Prudencio, y seguramente también en el grupo que disfrutaría de las cosquillas del filo de la guillotina.


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